H(ay) Amores

Acaba de cambiar el semáforo, y en esa esquina de la ciudad, se detiene el tiempo para quienes
transitan ese lugar. Cruzan la calle inmersas en su rutina, y sucede que dos personas ingresan a la
misma cafetería, y sin darse, una le abre la puerta a la otra. Ya dentro del local, pensando que pedir, se
da cuenta que adelante suyo, una de estas acaban de ordenar el mismo café con un quequito, que le
lleva a esa cafetería todos los días. En ese minuto, cae en cuenta, que quien estaba recibiendo ese
pedido, es la misma persona a quien le sujeto la puerta hace unos segundos atrás, y medita: “wow, creo
que le he visto antes por aquí”.

Las señales del amor están repartidas por toda nuestra geografía y cultura, y desde
temprana edad se escuchan los consejos, de cómo hay que buscarlas y como se
interpretan. Puede ser una mirada, un roce, o que alguien te sostenga la puerta para
ingresar a tu cafetería favorita, cualquier acción en cualquier lugar puede ser la
señal de ese amor prometido que tanto rehuye, por lo que siempre hay que estar
atento, pues, solo depende de ti poder identificar ese momento, ¿o no?.

@perretm

Ya es cuarta vez, en dos semanas, que se topan en la cafetería. Cuarta vez que piden el mismo café
con quequito, y que se sientan en mesas contiguas. Ya van dos veces que se saludan con la mirada, y
hoy se sonríen recíprocamente mientras beben sus respectivos cafés. Y empieza a resonar esa
preguntas en sus mentes, ese cosquilleo incómodo, pero motivador, que suena así: “¿y si le habló?”.

Ese choque de mundos paralelos, rompen el tiempo y el espacio, por lo que se
buscan reglas universales que me permitan generar garantías de que todo estará
bien, de que si “rompo el hielo” me encontraré con una respuesta agradable y
acogedora, que me permita armar un puente, y ojala, algún día próximo, conocer a
esa otra persona. Pero, eso significa que también tengo que contarle de mi vida, mis
gustos e intereses, ¿o no?.

Se topan en otra esquina de la ciudad, las misma dos personas, y cuando una se aventuraba a
acercarse para saludar, pensando en seguir la conversación del último encuentro en la cafetería, la
otra simplemente gira en esa esquina, en dirección contraria, imposibilitando el encuentro. En silencio,
atrapado por la sensación de que aumentó la gravedad en ese metro cuadrado de cemento, se
pregunta: “¿Hice algo mal?”.

El relacionarse con otra persona, es abrirse a lo impredecible y desconocido,
ingresar en un terreno del cual no hay mapa que pueda asegurar tener todos los
detalles ni recovecos de dicha locación. Ahora eso si, hay que echar un poco de luz
sobre este escenario, no hay obligación ni deber de conocer todo sobre esa persona,
sino más bien, alimentar esa curiosidad frente a lo novedoso, y abrirse a la
exploración. La comunicación resulta vital, y el hacer preguntas, con respeto y
cuidado, es la mejor herramienta que eventualmente pueda permitir ir cimentando
un contexto para vivir una relación de amor libre y vitalizante.

El amor no tiene que ser un altar de sacrificios de sangre para lograr el favor de los
dioses, sino más bien, un espacio lúdico en el que la partes que ahí participen
puedan conocerse y compartirse. Cada persona es un mundo por explorar, y así
también, una posibilidad de abrirse a lo desconocido, sin que esto sea una amenaza
hostil por exposición, sino la posibilidad de conocerme en un ejercicio de libertad, en
el que elijo ceder algo propio, como un acto genuino de preocupación y cariño.