Colegios de Monjas: Educación sexista con biblia en mano

Estudié en el mismo colegio desde que tenía seis años hasta que cumplí dieciocho. Es decir, de primero básico a cuarto medio. Empecé la niñez y completé la adolescencia en el mismo establecimiento. Salí hace cuatro años (bueno, cinco en noviembre) y debo admitir que nunca he extrañado el colegio ni por un segundo. Lo único que he llegado a extrañar es la dinámica diaria que teníamos con mi mejor amiga porque pasamos de vernos y estar juntas toda la semana a vernos mucho menos y es lógico, cada una tiene tiempos y horarios distintos en la universidad.

¿El resto? Nada.

(Vía: Unif Clothing)

Tanto en la universidad como en trabajos que he tenido, la gente ha asumido que egresar de un colegio de mujeres significa que vengo de un entorno educacional en el cual todas éramos unidas, cercanas y sinceras. “Ah, ¡Qué rico! Debió haber sido muy piola todo eso” me han dicho. A decir verdad, están muy lejos de la realidad. O al menos, mi realidad y la de algunas mujeres que he conocido.

Hagan este ejercicio: colegio de mujeres + monjas = libertad coartada

Ya, suena muy cuático si lo explico de esa forma, pero no deja de ser cierto porque desde el momento en el que se le dice a una niña de 11 años que su principal objetivo en la vida debería ser convertirse en madre y no veterinaria, se están minimizando sus deseos, anhelos y proyecciones solo para moldear a un ente que no discute ni refuta a sus autoridades. Era común que se nos dijera lo anterior; lo fue por lo menos hasta séptimo. De ahí en adelante una se pone más contestataria o al menos lo intenta.

Los colegios de monjas no te enseñan a ver a la mujer que tienes al lado como compañera sino que como competencia. No hablan de sororidad porque no les conviene tener a mujeres unidas que rechazan ideales arcaicos y patriarcales, mujeres que saben que tienen poder sobre su cuerpo y que ningún cura puede atreverse a cuestionar eso durante las misas. No, nos querían sumisas. Con sueños, pero no tan grandes. Con personalidad, pero no tanta para no ser marimacho. Femeninas, pero sin maquillaje porque nos veíamos fáciles. Con pretendientes, pero vírgenes hasta el matrimonio.

Mi personalidad en el colegio era tranquila. Tenía mi grupo de amigas, hablábamos de series, música y como buenas adolescentes atormentadas, conversábamos de aquellos problemas que nos quitaban el sueño. Tenía buenas notas, pero no estaba en el cuadro de honor. Era tranquila a menos que me presionaran mucho y no buscaba problemas, pero en segundo medio (pleno apogeo de Ask.fm) un grupo de compañeras comenzó a mandarme mensajes donde me trataban de lesbiana porque no tenía pololo e inventaron que tenía bulimia porque era imposible que fuera delgada y comiera mucho. Todo esto por Ask.fm, claro. Luego en tercero medio salí elegida reina del colegio durante las alianzas y empezaron a enviarme mensajes por Tumblr en los cuales ya no era lesbiana, sino que prostituta. Nada tenía sentido y traté de ignorar lo más que pude toda esa red de veneno gratuito, porque no era más que eso. Nuestra relación como curso era tan mala y competitiva que como castigo nos quedamos sin gira de estudios. El día que egresé fue el mejor y después de mi licenciatura no miré atrás.

(Vía: Giphy)

Ahora, por un lado creo que esta clase de comportamiento agresivo deriva de las eternas comparaciones que hacían las profesoras y monjas porque una no era lo suficientemente buena en su individualidad, con sus capacidades y habilidades propias, sino que teníamos que aspirar a ser como otras niñas bien portadas. Creo que eso genera frustración; frustración y confusión que no sabes sobrellevar y por ende, no puedes transmutar. No justifico, pero comprendo o quiero creer que pudo haber sido una razón para las rivalidades de las que fui testigo.

Ahora, ¿Qué pasa a nivel de relaciones cuando ya te vez expuesta al mundo real? Mi experiencia personal estuvo marcada por lo cohibida e insegura que me sentía alrededor de los hombres. No sabía interactuar con ellos, creía que debía comportarme de cierto modo y me costaba mucho vislumbrar sus intenciones. Era todo muy incómodo y realmente NO SABÍA cómo hablar con ellos. Durante un tiempo después de egresar también caí en esa dinámica de decir “no me llevo bien con las mujeres, son muy problemáticas” porque lo asociaba a mi experiencia escolar.

Con el tiempo me hice amiga de hombres bacanes y que me apañan hasta el día de hoy, pero fue un trabajo. Creo que es un trabajo darse cuenta que te formaron para convertirte en un adorno para la sociedad. Sumisa, pura y mártir. Es un trabajo entablar amistades con mujeres y dejar los prejuicios de lado; fue algo a lo que me dediqué a mejorar durante el año sabático que me tomé antes de entrar a la universidad y esto fue porque fui conociendo en el camino a mujeres poderosas que me hicieron darme cuenta que no todos los lazos afectivos con tu mismo género tienen que estar marcados por los celos y los ataques hacia la apariencia personal de la otra. Mis amigas son mi soporte. Son ellas las que me cuidan, no el Estado.

(Vía: RedBubble) “Veo a una mujer fuerte”

La vida fuera del colegio me enseñó que yo soy dueña de mí. Yo soy dueña de mi cuerpo y si el día de mañana quiero abortar, no va a ser un clérigo el que me diga que estoy cometiendo un pecado y no será una monja la que me trate de promiscua por vivir la sexualidad como a mí me plazca.

Es una adaptación difícil porque son cosas que se internalizan y cuesta exorcizarlas, pero si tienes esa llama que te dice que no estás conforme, tienes que escucharla y hacer que arda en todo su esplendor.

(Vía @giphy)