Cuando las mujeres escriben la historia

Las huelgas universitarias feministas del año 2018 llegaron con fuerza al ámbito académico. Los reclamos giraban en torno a la necesidad de una educación no sexista, expulsando las prácticas misóginas y machistas de la educación superior. Desde la
denuncia a prácticas normalizadas de abuso hacia las estudiantes por parte de profesores
consagrados y también compañeros de clase, hasta el reclamo por las precarias condiciones de empleo de trabajadoras subcontratadas en algunas de las principales casas de altos estudios del país.

En el ámbito de la historia, que es donde me desenvuelvo, varios historiadores fueron denunciados públicamente, y el escrache llegó hasta el Archivo Nacional. Allí, diversos carteles denunciaban tanto el abuso como las prácticas de encubrimiento de algunos de los más reconocidos investigadores del país. (Es poético que la directora del Archivo Nacional, Emma de Ramón, no sólo esté trabajando para incluir fondos sobre la historia de las mujeres y el feminismo en aquella institución que decide qué se resguarda y qué no para la memoria de las generaciones futuras, sino que con su propia vida esté abriendo senderos y rutas para los derechos de todas las familias posibles 1 ). Volvamos a lo nuestro: a partir de las denuncias que habían comenzado a cobrar fuerza en 2017 y se masificaron en 2018, se llevaron a cabo sumarios en varias Universidades, y algunos de los acusados fueron refuncionalizados, otros tuvieron que optar por el retiro, y uno de ellos está preso. Claramente se trata de motivos para festejar.


No solo nos animamos a denunciar, sino que ahora nos creen. Y lo más importante, podemos darnos cuenta de que aquello que nos hacen algunos profesores con abuso de poder no está bien. A mí, personalmente, un profesor de mi pregrado me preguntó qué le iba a dar yo para que me renovara una ayudantía, y cuando le mencioné mis antecedentes para merecer el cargo, me citó de noche a su casa para firmarme la carta de apoyo. Por suerte mi madre me acompañó y entró en esa casa conmigo, para protegerme del abuso, y demostrar que no estaba sola. Pero tuve suerte. Porque tengo una madre aperrada, y porque tuve la confianza de contarle lo que me estaba pasando, y porque ella tenía el tiempo libre para acompañarme. No todas tenemos esa posibilidad.


Hace un poco más de 10 años, la situación me molestó. Se lo comenté a mis amigas, pero nunca consideré la opción de denunciarlo. Aunque sabía que compañeras no entraban a sus clases porque se sentían incómodas cuando les miraba el escote. Aunque se decía que el profesor ofrecía aprobar a estudiantes a cambio de favores sexuales (y en esa época, las demás poníamos la culpa y la vergüenza en la que había aceptado el trato, no en el abusador…) Tengo colegas que se retiraron de congresos porque el coordinador de la mesa les hizo comentarios inapropiados sobre su aspecto. Compañeras que se echaron
ramos por vergüenza, por culpa. Cuántas veces sonreímos porque sentimos que no teníamos opción…
Por todo ello, que ahora podamos ver que la culpa no es nuestra, que haya espacios de confianza para denunciar, y que esas denuncias sean consideradas, son motivos para la esperanza. Pero sacar la misoginia y el machismo y el patriarcado de la academia también requiere de transformaciones más profundas. Uno de los puntos de los petitorios de la marea feminista del 2018 era equidad de género en la bibliografía de los programas. Claro que se trata de algo menos urgente que mejorar las condiciones de trabajo de las mujeres precarizadas, o que expulsar a los abusadores del salón de clases. Pero me atrevo a decir que es igual de importante.


Buscar la equidad de género en los programas de clase implica decir explícitamente que las mujeres también tenemos algo valioso que decir sobre el mundo que nos rodea.
Además, es un caso de acción afirmativa (o discriminación positiva, como se le decía antes), porque implica un esfuerzo. Implica abrir puertas para que las investigadoras en todos los ámbitos del saber sean conocidas, sean discutidas, sean consideradas.
Tradicionalmente los autores del canon, aquellos que todos reconocemos como los mejores en su área, los imprescindibles, son varones (occidentales, y generalmente ricos).
Esto es así en parte porque para las mujeres históricamente ha sido más difícil dedicar tanto tiempo a la carrera profesional, debido a la desigual distribución de tareas de reproducción de la vida, pero también porque nuestras aspiraciones han sido distintas. Ni siquiera nos animábamos a pensar en nosotras como las principales referentes en ciertas áreas.

Por eso, presentar una bibliografía con equidad de género no sólo le aporta visibilidad a las mujeres que tradicionalmente quedaron rezagadas, sino que ofrece modelos a seguir para las jóvenes estudiantes. A principios de este año tuve la posibilidad de armar un programa de estudios para el curso Historia de América Siglo XIX, que dictaré en una de
las mejores universidades de Chile y del continente según varios rankings. Me acordé de los reclamos de 2018.
Siendo honesta, nunca se me había pasado por la cabeza pensar en equidad de género en los programas hasta que las chicas lo gritaron en la marea de huelgas feministas del 2018.


El primer problema fue que yo no conocía la obra de suficientes historiadoras para incorporar en las lecturas obligatorias para mis estudiantes. Pero nunca había sido un tema que se conversara. Ni en la Universidad en Argentina donde cursé el pregrado, ni en México donde estudié varios meses, ni en las tres universidades chilenas donde realicé y continúo realizando estudios de postgrado. Pero estaba totalmente dispuesta a sumergirme en los trabajos de las mejores historiadoras de la región para conocerlos e incluirlos.


Entonces me puse a buscar programas de la misma asignatura en otras universidades. No habían suficientes autoras que pudiera revisar e incorporar, pero sí algunas. Luego comencé a preguntarle a colegas, y me recomendaron 2 más. Pero todavía no era suficiente. Y pensé en Google. El motor que nos da todas las respuestas. Y sucedió algo llamativo. La búsqueda fue: Mejores Historiadoras de América Latina. Vale la pena analizarlo.

  1. El algoritmo es machista. Me corrigió historiadoras por historiadores.
  2. Google me presentó una lista de 9 académicxs… sólo una mujer (la búsqueda era explícitamente por historiadoras).
  3. El primer resultado escrito era una nota sobre un historiador. El segundo resultado, una página que ofrece un listado de “10 libros para entender América Latina”. Lógicamente, ninguno escrito por una mujer. Está Pablo Neruda pero no Gabriela Mistral. Está Edmundo O´Gorman pero no Ángeles Mastretta. En fin..

A pesar del algoritmo, finalmente pude armar el programa con equidad de género. Y cuando estaba afinando los últimos detalles, me avisaron que podía incluir una sección donde se explicitaba que no se castigaría a los y las estudiantes por utilizar lenguaje inclusivo en sus trabajos. Me sorprendió pero me puso contenta tener esa opción. No es obligatorio para los y las docentes todavía, pero que lo recomienden desde la institución es un gran avance. Que va en consecuencia con las campañas en prevención a la violencia machista que hay en la universidad, y los programas de apoyo a las víctimas. Eso se lo
debemos también a la marea feminista del 2018. Gracias chicas por guiarnos.

Para cerrar, quisiera aportar un par de reflexiones sobre la incorporación de mujeres en la bibliografía por el hecho de ser mujeres. No pienso quitar del programa a los varones consagrados, sino asegurarme activamente que al menos el 50% sean textos escritos por mujeres. Entiendo que no todas somos feministas, y el hecho de que un texto esté escrito por una mujer no garantiza la perspectiva de género ni el análisis del mundo que nos gustaría. Pero justamente mostrar esa diversidad es importante. Porque no nos tiene que gustar siempre lo que diga otra mujer. Si el análisis es riguroso, si la metodología es clara,
si el trabajo ayuda a comprender aspectos de la realidad que enriquecen nuestra visión del conjunto, suma. Y prefiero que sumemos las mujeres. Ya que me dieron algo de poder (tan pequeño como seleccionar las lecturas de los y las estudiantes) puedo hacer mi parte para que el mundo sea un poco menos injusto. Y eso, definitivamente, es motivo para la
alegría.


Bibliografía:
Adolfo Esquivel y Anastasia María Benavente, El abrazo feminista. Revista Nomadías, julio
2018, número 25, 145-160.