Formas de volver segura a casa: el juego que todas jugamos

Solemos creer que el feminismo sólo busca resolver los grandes problemas que existen, como la desigualdad salarial o la participación en puestos de poder. Sin embargo, hay experiencias comunes como el caminar sola de noche que también demuestran que el patriarcado permea nuestra cotidianeidad y que hemos normalizado muchas conductas que restringen nuestra libertad.

El encierro me ha motivado a recordar con demasiado anhelo las salidas, el carrete y compartir con los amigos. Pero siempre había un momento en que debíamos enfrentarnos al desafío de volver a casa. Era una noche de enero de este año. Un carrete que empezó temprano así que alrededor de la medianoche volvía a casa, sola. A pesar de no ser la ruta más rápida, decidí tomar la micro que hacía un recorrido conocido para mí y que generalmente iba con harta gente. Esa micro debería dejarme en la Plaza de Puente Alto, en ese lugar yo pediría un uber que me llevaría a casa. Estaba acostumbrada a esa ruta, me sentía tranquila a pesar de que era noche. Todo estaba fríamente calculado.

La micro se fue vaciando a medida que avanzaba el recorrido. Yo iba sentada pero atenta a quiénes estaban a mi alrededor, había tres hombres jóvenes, pero no iban en grupo. Casi llegando a mi destino, la micro realizó un desvío y tomó otra calle. Descolocada, me levanté y me acerqué al chofer para preguntar si haría una parada en la plaza de puente alto. Me dijo que no. Los hombres tocaron el timbre y se bajaron en la siguiente parada, yo los seguí. Una parte de mi pensó que daba lo mismo, si estábamos a tan sólo tres cuadras de la plaza.

Marcha 8M 2020 – Fotógrafa: Catalina Etcheverry

A pesar de haber caminado por esas calles cientos de veces durante día, nunca lo había hecho de noche. Me asusté. Los tres hombres se bajaron y cada cual tomó una ruta distinta. Sucedió demasiado rápido para preguntar si es que uno se dirigía a la plaza para pedirle compañía (aunque ¿qué tan seguro es pedirle compañía a un desconocido?). En cuestión de segundos mi plan para regresar sana y salva a casa había colapsado. Tenía que ponerme en marcha rápidamente. Estaba en una calle oscura pensando qué hacer. Seguía asustada. Caminé hacia un local de comida que estaba abierto. Entré, pero sólo al patio del local. Pedí el uber desde ahí. Desde adentro del local, la mujer que atendía a los comensales me quedó mirando con cara de interrogación, pero no me dijo nada. Una pareja salió del local con un gran pedido de sushi, riendo. Yo seguía sola usurpando la iluminación del lugar para sentirme tranquila mientras esperaba.

A mi papá no le gusta que llegue tarde a casa, siempre me dice “¿Por qué se arriesga?” con un tono suave y resignado. Si no me arriesgara, prácticamente no podría tener vida social. Con el paso del tiempo, siento que he hackeado este juego de “formas de volver segura a casa”.  Que ya domino las rutas, las calles, las micros y los lugares en los que me puedo mover segura en la noche. Incluso pienso en qué asiento de la micro es más seguro sentarse o decido ponerme los audífonos, pero no escuchar música para estar atenta a lo que sucede alrededor.

Marcha 8M 2020 – Fotógrafa: Catalina Etcheverry

Pero días como ese, dónde la micro cambió su recorrido inesperadamente, me recuerda que siempre puedo perder en este juego. Tres hombres de mí misma edad se bajaron de esa micro tan sorprendidos como yo, pero pudieron seguir su camino solos, yo no me atreví. Así de básicas y sencillas son las diferencias que enfrentamos ante una experiencia tan cotidiana como lo es el uso del transporte público. Así de simples son los privilegios qué tienen los hombres.

Cuando mis planes en el juego “formas de volver segura a casa” fallan, resuena la voz de mi papá en la cabeza. Odio admitir que tiene razón: para una mujer, arriesgarse es salir sola. Quizás los hombres que venían conmigo en la micro también tenían miedo de ser asaltados o golpeados en un lugar desconocido. Mi miedo es peor: no poder volver a casa nunca más, como cientos de mujeres.

En lo que no tiene razón mi papá es en asumir esta realidad como la única posible.