Greys Anatomy, la cuarentena y las tareas de reproducción de la vida.

…justamente la posibilidad de disponer del propio tiempo es un privilegio, porque no es un derecho que tengamos todes. Mientras el acceso a las guarderías no sea universal, mientras no tengamos una real distribución de las tareas domésticas con la gente que convivimos, mientras sólo puedan avanzar en sus carreras profesionales aquellas que pueden pagar para que otros (otras) cuiden y mantengan sus casas, mientras sigamos sintiendo culpa por no ser las madres o amas de casa perfectas, vamos a seguir perdiéndonos los aportes de la mitad de la población del mundo. 

Michelle Lacoste Adunka

Hace años que veo Grey’s Anatomy. En parte es un placer culpable y en parte una tradición a la que le tengo cariño porque me mantiene cerca de mi hermana. Hace 10 temporadas que nos coordinamos para ver los nuevos capítulos en diferentes zonas horarias, y hay algo lindo en seguir discutiendo las historias de la serie mientras la vida sucede. Además, es uno de los últimos vínculos que nos conectan con las niñas que fuimos, cuando compartíamos la casa materna y los lunes religiosamente nos sentábamos frente al tele para seguir las peripecias de este grupo de doctores.

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Pero con esto de la pandemia, la última temporada terminó antes de lo planeado. Luego de asumir la pena por perder algo de entretenimiento justo cuando más necesario me resultaba, comencé a buscar pistas sobre la próxima entrega, que puede que sea la última. Y buscando información, encontré una entrevista a Krista Vernoff, la showrunner. Decía que todavía no se han puesto a trabajar en el nuevo guión de la temporada 17 porque no tiene tiempo. Con la cuarentena y las restricciones a los servicios no esenciales, tiene que hacer las tareas que antes hacían personas a las que les pagaba por ellas: como cuidar a sus hijos adolescentes en la casa, cocinar, ordenar y limpiar. 

Es raro cómo una crisis sanitaria que no ha hecho más que evidenciar las profundas desigualdades de nuestra sociedad, también ha llegado a igualarnos y democratizar nuestras necesidades y oportunidades.

Mientras las primeras se plasman en la posibilidad de hacer teletrabajo o no; en el acceso a seguros de desempleo; en la disponibilidad o no de una computadora con acceso a wifi en la casa para poder estudiar a distancia, la democratización se da en el plano de las sensaciones y de la vida cotidiana. Todes tenemos miedo, todes nos sentimos un poco huérfanos de certezas. Pero además, de pronto, todes tenemos que hacernos cargo de nosotros mismos y nuestras familias. Ya no hay asistentes del hogar para mantener las casas limpias ni colegios para educar a los niños. Ni en California ni en Santiago de Chile. Esto nos afecta a todes, pero más nos afecta a las mujeres. Porque si alguien debe dejar de trabajar para cuidar a los niños o a los ancianos o para preparar la comida, obvio que seremos nosotras. Porque amamos a nuestra gente. La desigual distribución de responsabilidad en las tareas de reproducción de la vida era un tema que muchas no necesitaban enfrentar en sus familias porque podían pagarle a alguien para que lo hiciera por ellas. Pero ahora eso no es posible. Y nuestros proyectos personales y profesionales están paralizados.

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Las mujeres en el primer mundo pueden tener éxito y crear cosas maravillosas porque tienen otras mujeres que llevan a cabo las tareas de cuidado y reproducción. Eso es lo que quiebra el techo de cristal. La posibilidad real y concreta de dedicar el propio tiempo a proyectos que nos apasionen. Que nos permitan expresarnos y cambiar un poquito el mundo. Pero justamente la posibilidad de disponer del propio tiempo es un privilegio, porque no es un derecho que tengamos todes. Mientras el acceso a las guarderías no sea universal, mientras no tengamos una real distribución de las tareas domésticas con la gente que convivimos, mientras sólo puedan avanzar en sus carreras profesionales aquellas que pueden pagar para que otros (otras) cuiden y mantengan sus casas, mientras sigamos sintiendo culpa por no ser las madres o amas de casa perfectas, vamos a seguir perdiéndonos los aportes de la mitad de la población del mundo. 

Y es una pena, porque hay muchos ejemplos de lo bien que hacemos las cosas: líderes que manejan con confianza y resolución la pandemia como Ángela Merkel en Alemania y Jacinda Ardern en Nueva Zelanda. Filósofas que lograron mostrar que también hay banalidad en el mal como Hanna Arendt. Activistas que llegaron a denunciar en voz alta las injusticias como Greta Thunberg o Malala Yousafzi. Mujeres que cambiaron el mundo para las personas con discapacidad como Helen Keller. O mujeres como Shonda Rhymes y Krista Vernoff que crearon genialidades como Grey’s Anatomy.

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