La Monja que no Fui

Testimonio enviado a Revista Cuática:

El colegio y la religión, me hicieron sentir especial y acogida en la comunidad, pero al mismo tiempo aumentaban mis inseguridades con ciertos comentarios o actitudes que de vez en cuando aparecían.

Por Pía Bohle

Me enamoré de una imagen medieval de un Cristo crucificado lleno de silencio y de machismo. Le tomé la mano como “hija” de Dios por catorce años y con constantes llagas traté de caminar por un estereotipo religioso que me limitaba y castigaba. Con solo 9 años, en tercero básico, levanté mi mano en medio de muchas compañeras para responder la pregunta que nos hacía una monja de claustro: ¿A quien le gustaría ser monja? -Yo levanté mi mano y dije: Yo quiero ser monja.

(Sisters of no Mercy photo illustration 1930’s)

La oración se convirtió en la calma de mi alma cuando el corazón se me destrozaba. Ya que, por diversas razones, mi adolescencia no fue muy buena emocionalmente. El colegio y la religión, me hicieron sentir especial y acogida en la comunidad, pero al mismo tiempo aumentaban mis inseguridades con ciertos comentarios o actitudes que de vez en cuando aparecían. Una de ellas, es que mi colegio estuviera en constante desacuerdo con otra comunidad que también fomentaba a lxs jóvenes a participar religiosamente, era como una especie de competencia entre ambxs (pero del punto de vista de mi colegio).

Esta otra comunidad, era muy popular y mucha gente se inscribía para conocer a otras personas y a la vez involucrarse con Dios. No le veía nada de malo como para que mi colegio se pusiera “celosx” de por qué íbamos a las misas de esa otra comunidad y no a las suyas ( como un novio tóxico).

Otra de las actitudes extrañas, fue cuando llegando a cuarto medio, acompañé al cura a una de las congregaciones a las que quería entrar y le pregunté a una hermana: “Hermana, ¿qué piensa de la mujer y su rol en la Iglesia?” y me respondió: “María siempre estuvo detrás de Jesús, así que nosotras nos mantendremos así”, mi cara se desfiguró.

Pero el momento que más me marcó y más repudio, fue cuando observé que una auxiliar del colegio estaba siendo agredida verbalmente y violentada psicológicamente por la “asistente” de las monjas (la verdad no sé cómo llamarla). Al ver esto, comencé a grabarla, para luego ir donde la inspectora general y contarle lo que había pasado. Pero en eso, la monja del colegio me detiene.

Hay momentos tensos en esta vida y encerrar a una niña de 17 años con 3 mujeres más mirándote fijamente (atacándome con la mirada como si fueras el pecado en persona) para que borres ese video porque vas a “manchar” el nombre del colegio.

Yo, que quería ser monja porque espiritualmente me había calmado el alma, me había dejado ver la sociedad con otros ojos, diciéndome que era capaz de amar al otrx y ser amadx en una vida en comunidad.

Yo, que vi violencia y quería hacer justicia con ella, yo, una mujer poco empoderada, inocente, manipulada y sumisa ante estas personas que decían que prácticamente estaba pecando y mintiendo, siendo que tenia el video en mis manos.

Yo,que iba todos los sábados a misa, que cumplia con los deberes que me pedían, que organizaba las misas del colegio, que respetaba y amaba.

Yo, que pensé que lo que hacía estaba bien, pero terminó siendo solo una imagen… como todxs ellxs lo eran.

(Vía Pinterest)

En fin, decidí que iba a hacer con mi vida religiosa y afortunadamente hablé con la profesora que hasta este momento, ha sido una luz para mi. Me dijo claramente que estudiara primero, que veía en mi potencial para otras cosas y que si Dios realmente quería que fuera monja, podía esperar.

Al tiempo después, volví al colegio y cuando hablé con mi profesora jefe, me dijo: “nosotrxs supimos que después de todo, no te iban a aceptar en la congregación por ese problema”. No sé si me sentí mal o bien, pero sí me di cuenta de porque ya casi no hay monjas o gente que cree. Debe haber muchxs como yo, que quisimos pero nos destrozaron con sus crudas verdades.

Al final del camino, tener una vida espiritual no es lo malo, lo malo es tratar de meternos una imagen machista de lo que deberíamos ser como mujeres: sumisas, encubridoras, inocentes, fieles aunque nos maltraten y violenten. Mostrándonos una imagen “sacrificada” de Jesús, llorando y sangrando, porque “nuestra vida debería ser así”, dar hasta que nos duela, porque el “dolor” está bien.

Con esa imagen, que nos degolla la moral. Y así es, tres años después de todo esto, me encuentro aquí preguntándome qué habría pasado. Pero me siento feliz, porque después de todo, hay muchas cosas en mi vida que se han relacionado indirectamente con lo religioso, pero analizándolo, como en la literatura o en la historia. Y qué lindo es, cuando no te imponen algo, cuando reflexionas y te das cuenta, que después de esos catorce años, aún eres libre.

Qué lindo es cuando te das cuenta, que amaste tu colegio por tus amigxs, docentes y los recuerdos. Pero es más lindo aún, cuando te das cuenta que al fin y al cabo, esa institución no solo te cerró las puertas en la cara cuando te fuiste y quisiste regresar cuando eras universitario, sino que también te cerró las piernas y te castigó moralmente por si las abrías con las frases típicas que un novio tóxico te diría: “Puta”.

vía @giphy