Las Huellas de la heteronorma

Dejé de sentir culpa por los insultos y entendí que podía construir una nueva masculinidad, diferente a la tradicional, pero que no sería fácil. Debía comenzar por derribar las murallas del guetto endogámico de la élite para lanzarme a descubrir, sentir, experimentar, amar y construir.

Luis Gallardo, Profesor

Estando hoy en casa junto a mi pololo, trato de recordar los diferentes lugares por los que transité hasta llegar a este momento; estar tranquilo en casa intentando construir una relación sexo-afectiva sana, empática, recíproca y dialógica con un hombre.

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Va más o menos así.

A los 22 años, en un momento de excesos, viviendo el desamor de una relación de cinco años con una mujer, se presentó la posibilidad de experimentar el placer con un hombre. Que complejo. Estar junto a un cuerpo diferente a los que acostumbré; manos grandes, muchos vellos, pecho plano y un bulto entre las piernas. Que gran sensación. Nueva hasta ese momento. Recuerdo la expectación, el sudor, mi corazón latiendo, una gran erección y mucha culpa.

¿Culpa? ¿Cómo podría existir culpa en un momento lleno de sensaciones agradables y satisfactorias? ¿Podrían ambas habitarme simultáneamente?

Yo conocía exactamente la respuesta: la masculinidad que construí se había destruido en ese momento. No sabía qué hacer y claro, no quedaba más que sumirse en la praxis; ya había actuado, ahora debía reflexionar.

¿De dónde viene esto?  No sé, pero me gusta.

¿Cómo no lo vi antes? Estaba enamorado y quería construir algo sincero.

¿Y cómo sigo? Con esto en secreto.

Y así fue. Con una masculinidad fuertemente influenciada por el sur de Chile, en un colegio católico monogenérico de hombres, la incipiente homosexualidad se convertía en un punto de inflexión que cambiaría el mundo que conocía hasta ese momento y lo más conveniente era que nadie se entere. De esa manera, podría seguir siendo un hombre.

Hoy lo veo y me cuesta creer que pude ser tan influenciable, pero ¿cómo no?

Crecí en Puerto Montt, en una familia tradicional y lo más parecido a la homosexualidad que pude ver, o de la que me hablaron, se relacionaba con caricaturas de hombres femeninos que costureaban, maquillaban o simplemente hablaban de banalidades sin sentido alguno; claramente yo no encajaba en eso.

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Como refuerzo, mi educación media se desarrolló en un colegio con tradición, en el cual nuestro destino estaba casi escrito a fuego; comenzando segundo medio podíamos ser parte de un guetto en el que ya no solo habría hombres, sino también las preciadas mujeres. Y digo preciadas porque, claramente, eran consideradas un objeto. No me gustaría generalizar, pero que complejo. Imagino que entenderán que siempre hay excepciones, pero en este caso, son muy pocas.

Este guetto constituía la base de la socialización adolescente; los niños del colegio Jesuita se juntan con las niñas del colegio de las Hermanas de la Caridad Cristiana, y esto se repetía año a año. Fue complejo para mí conocer esas dinámicas, ya que venía de una escuela pobre y mixta, y no entendía tanto revuelo.

A medida que pasaban los meses, las relaciones se hacían más profundas y nuestros caminos comenzaban a enlazarse. Empecé a comprender la endogamia de la élite, y peor aún, las mentiras sobre las que se sostiene. Dado el carácter tradicional, muchas veces no se da paso a la transformación, y me hubiese encantado haber sido parte de ellas más joven.

Fui testigo de las diversas formas en las que la imaginación de los hombres se alimentaba de ver a las mujeres como posesiones, o trofeos, estropajos, juguetes o incluso, hasta bufones. Pude ver las fanfarronerías de compañeros respecto de noches de fiesta y sus supuestas ganadas en el amor; las mentiras hiladas, los clichés utilizados, el beso robado, el triunfo del macho.

Que ilusos y frágiles, tanto como yo estando frente a un pene por primera vez.

Y la violencia construida, claramente, no se ligaba solamente a las mujeres, sino que a cualquier cuerpo que habitara lo femenino. Que desdicha ser homosexual en ese espacio. Todas las formas de humillación que no se relacionaban directamente con la violencia física, familia de origen, o algún error adolescente, eran encarnadas por diferentes variantes de penetración.

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Todo se castigaba a través del pene; chúpalo, chúpalo meando, chúpame el pico, chupa la que cuelga, ¿eres wn o te culiaron?, ¿eres wn o te culió un burro?, deberían meterte esto por el culo, me culeo a tu vieja, me culeo a tu hermana, te van a partir el culo, cállate maraco, fleto culiao, maricón de mierda.

Pese a que entiendo que son momentos históricos diferentes, me cuesta creer que ninguna persona adulta nos haya invitado a reflexionar acerca de esto, más aún, cuando abundaba el discurso del amor al prójimo.

Que complejo fue recordar todos esos castigos mientras me acostaba con hombres de manera más regular. Pude ver que esa culpa me acompañaría mientras aún viviera desde esa masculinidad hiriente, soberbia, exigente y obtusa, que si bien yo no encarnaba, la comprendía, ya que muchos de mis amigos la practicaban.

Verme en esa situación me expuso a más de lo que me gustaría reconocer. Yo sabía que en esa cultura heteronormada sureña la salida de clóset era festín esperado, y yo no quería sufrir ese juicio público; ¿Cashaste? ¿Te acordai del…? ¿Ese wn no tenía polola? Siempre se le notó lo maraco. No sabía cómo podría explicarle a todas esas personas que mi vida no fue una mentira, que no les engañé, sino que ahora las cosas habían cambiado.

Me alejé. Me excluí. No quise ser parte de un grupo en el que tendría que disculparme por lo que sentía, por lo que deseaba, por lo que quería.

Comprendí el daño que me había hecho esa heterosexualidad naturalizada y avalada por la omnipotente figura de un Dios que culpa a la mujer o lo femenino de incitarlo al pecado.

Comprendí que una etapa de mi vida había acabado y que no había más que comenzar de nuevo. Ya no quería sentir culpa de mi líbido, ni del placer de estar con un hombre, menos que sea un secreto o ser juzgado.

Dejé de sentir culpa por los insultos y entendí que podía construir una nueva masculinidad, diferente a la tradicional, pero que no sería fácil. Debía comenzar por derribar las murallas del guetto endogámico de la élite para lanzarme a descubrir, sentir, experimentar, amar y construir.

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