Mamá en cuarentena

La carga mental que llevamos a diario las madres, parece que se ha multiplicado por mil en estas semanas: tomar todas las medidas de protección y andar con el rociador de aquí para allá, resulta tremendamente agotador. Yo sólo me pregunto cómo será la “normalidad segura” y cuándo se supone que llegará, pero tengo miedo de eso porque los que nos lideran, son inoperantes y mafiosos y no están transparentando toda la información hacia la población. 

Gabriela Galaz, Profesora de Lenguaje y Comunicación UCh

Cuando dicen que “estamos trabajando desde la casa” cometen un grave error. En realidad estamos encerradxs sobreviviendo una pandemia brutal I N T E N T A N D O T R A B A J A R

Soy profesora de lenguaje de enseñanza media. El año pasado estuve fuera de las pistas porque tuve a mi guagua (ahora tiene 1 año y 2 meses) y me dediqué a su cuidado exclusivo por los primeros 12 meses de su vida. En febrero 2020 me sumé a un nuevo equipo de trabajo, con las aprehensiones normales de una mamá primeriza:

¿lograré adaptarme? ¿Mi hijo estará bien cuidado en la sala cuna? ¿Tendrá recaídas con su alergia alimentaria?

¿Podré conciliar la docencia (con TODO lo que implica) con la maternidad, el cuidado de la casa y, más importante aún, mi autocuidado?

Eran un montón de preocupaciones a las cuales se sumaba, además, que tendría menos horas de contrato y por lo tanto un menor sueldo, a pesar de que las horas de trabajo en casa de los docentes, lamentablemente, nunca bajan. 

Pues bien, entramos a clases: mi hijito a la sala cuna y yo al nuevo colegio. Las primeras semanas fueron durísimas pues era doloroso encontrarlo llorando, angustiante saber que no le recibía comida a las tías. Fueron pasando los días y se adaptó muy bien, iba a gusto y se quedaba feliz. Mi trabajo, muy bueno: buen equipo docente, los estudiantes muy amenos e involucrados en su aprendizaje. 

¡Qué difícil había sido llegar hasta allí! Instalar una nueva rutina y que funcionara, adaptarnos todos a los nuevos contextos, pero estábamos bien y contentos. 

COVID-19 ¡¿Qué es eso?! 

En el verano estábamos en la playa y un vendedor de cervezas Corona, gritaba: “¡lleve su coronavirus!” y todos nos reíamos en la playa. Cresta, no teníamos idea de lo que se nos venía por delante. 

A las dos semanas del ingreso de los estudiantes al colegio, se decreta la suspensión de las clases presenciales. Justo cuando nos estábamos adaptando, se viene un nuevo quiebre. Nos refugiamos en nuestro hogar: mi compañero, mi guagua y yo. Y ahora se viene lo bueno…

¿cómo lo vamos a hacer para trabajar, mapaternar y no vivir en un chiquero? 

Nosotros, trabajadores de la educación, mateos y estructurados, nos hicimos un dibujito con nuestra rutina diaria: a las 8 despertamos, a las 9 desayunamos, a las 12 el baby duerme la siesta… etc. Cuando trabaja mi marido, yo cuido al niño y viceversa. 

OK… estamos reventados!! Trabajamos hasta las 12 de la noche de domingo a viernes (lxs que son profes saben que desde la tarde del domingo ya tenemos que ponernos en “modo colegio”).

Mi guagua está más regalón que nunca, es que claro; estar 24/7 con mamá y papá en casa, parece la gloria… para qué hablar de la lactancia, actualmente casi no come y sólo demanda pechuga día y noche sin parar. 

Estamos raja, pero al menos funcionamos como un equipo.

No obstante, al glorioso Ministerio de Educación, se le ocurre lanzar una idea joya: adelantemos las vacaciones de invierno y el 27 de abril regresaríamos a las clases presenciales. Toda la estructura que habíamos logrado hasta el momento se fue a las pailas, y no sólo en lo que respecta a combinar, lo mejor que se pueda, la maternidad, la pega asalariada y la pega doméstica, sino también fue desconocer profundamente la labor de ajuste que se estaba haciendo en los colegios. 

Ha sido una tarea titánica embarcarnos en esto de las clases online, de la plataforma virtual, revisar las cosas que hacen los estudiantes, darles un feedback de calidad de forma remota. Qué desastre fue haber cortado todo.

Y yo me quedé aquí, encerrada en mi casa aún, ahora sin la obligación del quehacer docente porque resulta que estábamos de “vacaciones”.

¿Cómo le explico a mi guagua, que se para en la puerta de la casa y empieza a golpearla porque quiere salir, que estas “vacaciones” son para quedarnos encerrados en la casa? 

Flexibilizo: comienza a prenderse la tele y los monos animados en esta casa. Qué rico sentarse un minuto y no tener que andar corriendo como loca detrás de la guagua que se lanzó hace poco a caminar. Siento culpa, veo en Instagram a  las mameeetas que publican los estudios de lo dañina que es la tele en niños menores de 5 años. De pronto me siento lapeormamádelmundo pero estamos todos aburridos, casi de nosotros mismos, la tele nos distrae. 

Hago lo que pensé que nunca haría: compro un corral, intento no decirle corral porque siento que encierro a mi guagua como ganado. Para engañarme, le digo “el lugar seguro” y me tranquilizo por un rato. Luego me digo que era lo mejor porque lo dejaba un minuto en su sector de juego y cuando me daba vuelta ya venía caminando, con sus manitos hacia adelante, llegando a la cocina diciendo “mamamama”. 

Luego de dos semanas sin teletrabajo, el lunes 27 de abril, nuevamente retomamos las clases virtuales y actividades online. Volvimos a la rutina que habíamos establecido semanas atrás y pucha que ha sido difícil. 

A veces parezco pulpo: hago las clases, después hago dormir a mi hijito y, mientras duerme, hago el almuerzo. Hay días en los que mi compañero participa activamente y equitativamente del cuidado de nuestro hijo y de las labores domésticas pero hay otros días, que por la naturaleza de su trabajo, pasa de una reunión a otra desde las 9 am hasta las 6 de la tarde… terminamos todos raja. 

Vía @libbyvanderploeg

A ratos me pongo densa, me brota la mala onda y después, inmediatamente, la culpa. A ratos me pregunto cómo habría sido vivir esto en nuestro departamento de solteros, sin guagua. Quizás nos habríamos dado vuelta Netflix, y de seguro habríamos dormido hasta tarde. En algunos momentos me gustaría que toda esta porquería de cuarentena, virus y todo el estrés de ver cómo la desigualdad nos mata, me hubiera pillado sin guagua. Lo escribo y me arrepiento, amo a mi cría más que a nada en el mundo, pero eso no quita lo difícil que ha sido vivir todo esto siendo mamá. 

La carga mental que llevamos a diario las madres, parece que se ha multiplicado por mil en estas semanas: tomar todas las medidas de protección y andar con el rociador de aquí para allá, resulta tremendamente agotador. Yo sólo me pregunto cómo será la “normalidad segura” y cuándo se supone que llegará, pero tengo miedo de eso porque los que nos lideran, son inoperantes y mafiosos y no están transparentando toda la información hacia la población. 

Yo sólo espero poder salir a dar una vuelta con mi guagua, sin pensar que, el ir a la plaza, pueda ser una de las actividades más arriesgadas del día.