Transgénero: sentir la opresión a punta de rosarios

Testimonio enviado a Revista Cuática:

Me costó años después lograr tener la confianza de admitir lo que sentía por las niñas y ver que no había nada de malo en eso, pero admitir que yo soy transgénero y que me la iba a jugar por mi y por ser yo mismo, eso me tomaría aún mucho, mucho tiempo más.

Por Andrés Ebner Pérez

Cuando me preguntan acerca de mi etapa escolar, algunos recuerdos son más vagos y borrosos que otros (como para todes, supongo). Puedo recordar que pasé desde pre-kinder a 4to año básico en un colegio laico y mixto, jugando, corriendo y disfrutando con compañeras y compañeros (dentro de lo que significa ser niñes y que todos sean tus “amigos”), para luego, repentinamente y sin previo aviso, llegar en marzo del año 2009 a un colegio totalmente católico y solo de mujeres, donde estuve 8 largos años para terminar la enseñanza básica y media que me faltaba.

Pensando en lo que significa la experiencia de la educación en “colegio de monjas”, puedo decir que tuve la oportunidad de conocer gente que hasta el día de hoy idolatran su colegio, así como otras personas lo aborrecen y tienen una imagen aún peor de la que yo tengo. Pero definitivamente, LA experiencia de lo que significa ser Transgénero en ese ambiente es una que viví yo mismo en carne propia y que no me la tuvo que contar nadie. Precisamente a eso vengo yo hoy, a contarles desde dentro como fue esta “aventura”.

(Vía: www.creativemarket.com)

Actualmente tengo 21 años, llevaré 3 años y más en este precioso proceso que definen como “transición” (que es válida y personal para cualquier persona independiente de cómo la realice), 3 años peleando para que se respeten mis pronombres y mi género autopercibido (aunque esa es una historia para contar otro día). Lo curioso son esos 3 años, lo curioso fue que yo mismo esperé hasta salir del colegio el año 2016 para romper la burbuja y empezar a ser yo mismo, ¿No les hace ruido? Porque a mi sí.

Volviendo a como les contaba, en quinto básico pasé de correr con buzo por los pasillos de un colegio, a tener que usar falda y “sentarme como señorita” en otro (palabras textuales de profesoras), a tener que empezar a leer un evangelio todos los días del que yo no conocía nada (porque no había otra opción) y a tener que participar en misas y cantarle a un Dios del que yo no tenía ningún interés.

Más temprano que tarde me empecé a dar cuenta de que las niñas competían más de lo que les gustaría admitir entre ellas mismas, y no puedo culparlas por eso, al final, eso es lo que esperaban de nosotros, creo. Recuerdo que mis compañeras se esmeraban mucho en arreglarse y verse bonitas, recuerdo también que pasaban quitándoles los alisadores y midiéndoles las faldas. Había un estándar de “niñita inmaculada” que mantener, una imagen de falso elitismo que había que proyectar hacia los demás establecimientos, cabe mencionar que poco más y uno estaba obligado a fijarse solo en hombres de otro colegio de puros niñitos igual de elitista.

Fuente: Anónima

Y luego estaba yo, me sentía fuera de lugar, miserable y no sabía como iba a hacerlo para encajar (porque o te adaptas o te mueres). Recuerdo que en esa época me llegó la pubertad, y eso sirvió para nada más que para hacerme sentir cada vez peor (aunque en ese momento aún no entendía porqué me sentía tan mal siendo niña y rodeada de puras niñas), recuerdo haber escondido mis gustos y aficiones a mis compañeras, porque eran “muy de niñito” y no quería dar más explicaciones, tenía miedo de ser juzgado, no tengo que ni aclarar como se iba al subterráneo mi autoestima cada día que pasaba.

Otro momento importantísimo en mi colegio de monjas, fue una vez que encontraron a dos niñas y las trataron de lesbianas, me acuerdo de que fue un gran escándalo a nivel de colegio, porque como podía ser eso, dos “niñitas inmaculadas”, ese momento fue como un puñal en mi corazón, que me hacía sentir profundamente culpable por empezar a mirar a otras niñas con intenciones sentimentales. Me costó años después lograr tener la confianza de admitir lo que sentía por las niñas y ver que no había nada de malo en eso, pero admitir que yo soy transgénero y que me la iba a jugar por mi y por ser yo mismo, eso me tomaría aún mucho, mucho tiempo más.

Son incontables los flagelos que dejó ese colegio y ese ambiente educativo en mi personalidad, nunca olvidaré lo poco resolutivos que fueron para todo, tratar de ocultar cualquier pequeño problema que pusiera en juego su imagen institucional, el poco interés (hasta el día de hoy como he escuchado) acerca de nuestra salud mental. También puedo señalar como consecuencia (y lo admito), hubo un momento en el que olvidé cómo tratar con hombres, como si realmente merecieran un trato diferente, eso también me afectó como Hombre Transgénero, me hizo sentirme varias veces como “menos hombre” ante ellos.

Podría irme en hojas y hojas contando pequeños momentos que fueron forjando de a poco la tremenda inseguridad que no hace mucho logré vencer (le doy gracias a todes aquelles que me apoyaron y levantaron cuando quise rendirme). Pero cuando miro hacia atrás, me hubiera encantado haber “salido del closet” mucho antes y poder disfrutar mi enseñanza media y haberme licenciado sin ocultar mi verdadera identidad.

(Metamorphoses vía Tumblr)

Recuerdo que en 4to medio, al curso paralelo se le ocurrió esa brillante idea de hacer una “lista negra” a modo de despedida (era tradición todos los años hacer una lista para hacerle daño psicológico a los demás compañeros, aún no entiendo como no habían dos dedos de frente para no darse cuenta lo nefasto de esa tradición, o de cómo los directivos se lavaban las manos y dejaban que nos trataran tan mal públicamente). Como no podía faltar, vi mi nombre ahí, no recuerdo las palabras textuales que me dedicaron con tanto “cariño” los compañeres, pero todas iban directamente a atacar mi lado “marimacho”, mi “complejo de hombre” y otras cosas. Al primer segundo se me encogió el corazón, porque me golpearon donde más me dolía y me mordía la lengua para no gritar que era transgénero.

Me licencié, salí de ese nefasto lugar, de esa nefasta compañía. Tomé mis sentimientos en una mano, los apreté y decidí que nunca más, estaba fuera, no había nadie que fuera a detenerme ahora, iba a transicionar.

Aunque, ¿Saben? Hubo un punto en donde de pronto todo cambió, donde dejaron de importarme esas cosas del colegio, donde no la pasé tan mal dentro, pero si lo pienso, el que cambié en realidad fui yo, fueron mis amigas y nunca fue el colegio. Hasta el día de hoy quiero a mis amigas de una forma inexplicable, que también se cuestionaron eso que tratan de meternos a la fuerza en la cabeza, al final nunca todo es 100% bueno o malo, le rescato muchas cosas, pero jamás su lado “valórico” del que tanto se jactan dentro del tremendo “colegio de monjas”.

Si me preguntan ahora, no extraño ni por si acaso el colegio, no vuelvo ni aunque me paguen, y sé de varios que pensamos igual. ¿Y tu?, si al salir no te sentiste sexualmente libre, desviada y atea. ¿Realmente fuiste a colegio católico?

PD: ya intenté olvidar, pero las canciones de iglesia tienen ese algo pegajoso y tengo un cancionero usando espacio por ahí en algunas neuronas.